Fe sangrienta: Leer historia

by: Zigor Aldama

Podría ser una película ‘gore’, pero es real como la vida misma. Los fieles, convertidos en Jesucristo, en sus seguidores crucificados, y en penitentes varios, recorren las calles de San Pedro de Cutud como lo hizo su Mesías hace dos milenios. Pero, a diferencia de lo que sucede en otras procesiones alrededor del mundo, aquí los clavos de los crucificados, cuyo número roza la treintena, miden 13 centímetros y son de acero, y la corona de espinas de Jesús no es ningún sucedáneo de plástico. Como tampoco lo son los latigazos que se propinan los penitentes. Aquí, la sangre humana, el sudor y el polvo consiguen revivir el calvario de Cristo sin efectos especiales.

Así, no es de extrañar que, durante el viernes santo, en esta pequeña localidad de Filipinas, situada a unos 70 kilómetros al norte de Manila, corra la sangre y se sucedan los desmayos y vómitos entre el numeroso público que las abarrota. Aunque haría las delicias de Mel Gibson, incluso el Vaticano se ha mostrado públicamente en contra de la escenificación. Pero la fe en el país de mayoría católica de más relevancia de Asia no conoce límites, y la propia iglesia local no se opone a esta forma de celebrar la Semana Santa. “Algunos creen que serán perdonados por Dios por hacer estos sacrificios, pero no necesitan herirse para conseguirlo. Yo no cuestiono su fe, pero no los animo”, cuenta el monseñor Ricardo Serrano de la catedral de San Fernando.

El espectáculo comienza con el arresto de Jesús por centuriones romanos armados con lanzas de plástico que lo llevan frente a Poncio Pilatos. Aquí la Historia se repite cada año, y la condena no cambia. Aunque esta tradición se repite desde que los misioneros españoles la llevaron en el siglo XVI, sólo a partir de 1992 decidieron los vecinos de San Pedro de Cutud llevar su procesión a cotas de realidad nunca antes vistas, y que han granjeado a su procesión el sobrenombre de ‘la más polémica del mundo’. Las mujeres también se crucifican y ha habido, incluso, extranjeros que han decidido tomar parte activa en el espectáculo. Pero después de que un británico decidiera en el último minuto abandonar la crucifixión que le esperaba, en 2006, las autoridades de Turismo decidieron prohibir la participación de extranjeros.

Hay quien tacha el Viernes Santo de San Pedro de Cutud de extravagante y brutal espectáculo para diversión del turismo, pero los habitantes del pueblo aseguran que se trata de la vía que muchos eligen, en confianza ciega, para limpiar sus pecados, y que los visitantes son sólo efectos colaterales de tan cruda conmemoración. La polémica se enciende cada año en Filipinas, y con ella crece el número de objetivos que apuntan hacia quienes demuestran con su sangre la fe en Jesucristo.

¿Héroes o títeres?

Si hay dos personas que sobresalen en la celebración de la Semana Santa en Filipinas, esos son Rubén Enage y Rolando Ocampo. El primero, de 53 años, celebrará en 2011 su primer cuarto de siglo ejerciendo de Cristo en la representación. 25 años clavándose contra la cruz. Es su forma de agradecer a Dios que salvara su vida cuando en 1984 se cayó de un andamio. “Prometí crucificarme durante veinte años”, cuenta. “Pero las dos veces que he intentado dejarlo, Él no me ha dado permiso y mi mujer ha enfermado. En una ocasión incluso muere”. Por eso, seguirá sufriendo hasta que el cuerpo le aguante. En los quince minutos que pasa en la cruz antes de que los servicios médicos tomen el relevo de los romanos, Enage reza “por la familia, el país, y los que asisten”.

Rolando Ocampo, de 56 años, participó por primera vez en la procesión con sólo 17. Pero hasta 1990 no decidió dar el paso final y, sólo lo hizo después de que dieran buen resultado sus plegarias para que Dios salvara a su mujer, que corría serio peligro al dar a luz al primero de sus descendientes. “Prometí crucificarme cada Viernes Santo si se salvaban, así que ahora cumplo con ese deber”, explica. “Sólo cuando experimentamos el sufrimiento de Jesucristo en la Cruz entendemos el dolor y el sacrificio por los que pasó”. No obstante, aunque muchos se rinden al “heroísmo” de Ocampo y Enage, estas dos figuras de alcance nacional cuentan con muchos detractores que les acusan de hacer espectáculo con la religión para enriquecimiento y fama personales.

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