En cada galleta de la suerte esconde un mensaje. Cada mensaje augura la buena o mala fortuna que tendrán aquellos que se comen las galletas. Cuando tenemos una galleta en la mano se inicia el mecanismo de la emoción y la fascinación ante la promesa de un mensaje secreto en un envase pequeño.
En Hong Kong hay hombres y mujeres que viven como si fuesen cajas de galletas embaladas y apiladas unas encima de otras esperando ser transportadas a otro lugar. Sin embargo, esa espera no tiene fin. Este es el caso de los conocidos como “hombres-jaula”: un grupo de aproximadamente cien mil personas que viven en espacios de un metro de alto por 1,8 metros de largo de paredes de yeso y alambres en el barrio de Tai Kok Tsui de la ciudad china. Las cajas de galletas se subdividen para albergar hasta diez personas repartidas en jaulas donde solamente cabe una cama. Las pertenencias se colocan donde puedan caber. La suciedad y el hedor a espacio insalubre invaden todos los rincones del edificio. Personas que viven apretadas entre suelos de azulejos mugrientos y techos bajos que se desplazan a través de pasillos estrechos. Un lugar donde los sonidos y los olores que proceden de las jaulas son de cada uno y de todos al mismo tiempo.
Las primeras jaulas surgieron a finales de la década de los cincuenta del siglo XX como solución, supuestamente temporal, para albergar a la mano de obra barata que inmigraba desde la China continental a la costa y debía trabajar en la construcción de la ciudad que hoy pretende ser considerada como la capital del continente asiático. Los salarios que estos trabajadores percibían eran tan bajos que ni siquiera podían acceder a las políticas de protección de empleo. Las casas se levantaron como medida para acoger a los recién llegados, pero los arrendatarios dividieron los hogares en diferentes partes, creando pequeñas jaulas, para rentabilizar el espacio al máximo. En 1997 China recuperó el control político de la ciudad y las fábricas salieron de Hong Kong en busca de trabajadores industriales en el continente. Así, los hombres-jaula perdieron sus puestos de trabajo, hecho que les complicó el acceso al permiso de residencia de una ciudad que tiene un estatus político diferenciado al resto del país.
Los hombres que hace cuarenta años empezaron habitando las jaulas de Tai Kok Tsui tenían la esperanza de acceder a los edificios estatales, que eran mantenidos por el gobierno local. Sin embargo, con el paso de los años, los pequeños espacios se han convertido en albergue de los más desamparados y final de trayecto de hombres y mujeres rechazados por sus familias. De punto y seguido a punto final.
Los precios varían en cada caso, pero cada hombre-jaula paga entre 97 y 130 euros al mes por vivir en un cubículo con acceso a un baño común, pero sin derecho a cocina. Cada noche, antes de ir a dormir, los hombres y mujeres que malviven en Tai Kok Tsui salen en busca de comida que compran en bares y restaurantes cercanos.
El alojamiento de los hombres-jaula es la cara oculta de Hong Kong: una ciudad que tiene los artículos de lujo y la tecnología como sus negocios más rentables y uno de los precios de propiedad por metro cuadrado más altos del mundo. La riqueza no es extraña en Hong Kong, de la misma manera que los hombres-jaula asumen como normal el goteo de periodistas que los visitan a través de Society for Community Organization (SOCO), una ONG local que trabaja con ellos.
El espacio es reducido y la intimidad no existe en las jaulas. Al menos no de la manera en que abrimos una galleta de la fortuna y desenrollamos el mensaje que leemos en silencio y guardamos en secreto como un tesoro.